miércoles, 11 de junio de 2014

Sin titubeos, por Santos

Envía el economista e historiador Mario Arrubla, desde Nueva York —donde vive hace como 15 años—, un mensaje con el que intenta persuadir, a quienes piensan votar en blanco en los próximos comicios, para que en vez de eso marquen el tarjetón por Juan Manuel Santos.

No es él un santista en absoluto, pero advierte que, ante las dos únicas opciones, y el margen tan estrecho, el voto en blanco aquí podría significar consecuencias parecidas a las que, en las elecciones norteamericanas de 2000, tuvo ese 3% de votos de distracción por Raph Nader, que sellaron la derrota de Al Gore frente a George W. Bush. Y como no le parecen iguales los demócratas a los republicanos, distingue ese matiz consistente en que, de haber triunfado Gore, obviamente habría incurrido en las arbitrariedades previsibles de quien preside un imperio, pero jamás en las proporciones en que terminó haciéndolo el ranchero de cuyo doble mandato aún sigue siendo víctima la humanidad. Por cuenta propia agrego otro ejemplo de allá mismo: de haberle ganado John McCain a Barack Obama, no nos alcanzarían los dedos de las manos para contabilizar las guerras en que estaría hundido el planeta a estas horas. De modo que, ya sobre lo nuestro acá, eso de que “Santos y Uribe son la misma cosa”, es una frase inexcusable que todavía tienen tiempo de rectificar quienes la dicen, y que nunca se les perdonaría si acaso el segundo resultara vencedor. Para ellos, esta opinión escrita por el poeta Juan Manuel Roca y a la que adherimos quienes no obstante ser artistas —o puede que por eso mismo—, tenemos bien puestos los pies en la tierra: “pedir causas perfectas es condenarse a la parálisis política”.

No necesito entonces hacer ninguna pirueta de conciencia para decidirme a votar por Juan Manuel Santos el próximo 15 de junio. Y lo haré por muchas razones, entre otras, y así al azar, porque me molesta la indolencia de quienes simpatizan con el candidato Zuluaga, a quienes no les importa que este ofrezca, para saciar una venganza personal de su jefe, enviar al sacrificio a los hijos de los humildes, mientras deja para los propios, en edad de prestar servicio militar, el resguardo de la casa o de los estudios en el exterior. Ya quien lo manipula, durante su gobierno de ocho años, había salvado de los riesgos de la milicia a los suyos, a quienes convirtió en una cosa llamada “emprendedores”, que consiste en hacer buenos negocios aprovechando el puesto del papá. En cuanto a los muchachos del pueblo, que se inmolen como corderos pascuales en el comedor de la guerra, que ya se les dirá “héroes” cuando los den de baja.

Y como me involucré en el tema de los hijos, es conmovedor el caso de Óscar Iván Zuluaga: no sólo que durante el día tiene que escucharle la parla a su superior, sino que por las noches, su hijo David se lo imita a la perfección, supongo que recordándole cómo tiene que hablar y qué tiene que decir. El pobre terminó remedando a su jefe y a su hijo. Al muchacho no le ha ido mejor, porque cada cierto tiempo el expresidente lo llama para exhibirlo como una atracción. “Les presento a mi doble”, dice, lo más de sonriente. Esa familia debe estar urgida de comenzar a ser ella misma, de volver a ser la antes. La esposa y madre de ese par de Uribes falsos, va a estar feliz el 16.
Por: Lisandro Duque Naranjo

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martes, 20 de mayo de 2014

El próximo domingo

De ser confiables las encuestas, y ojalá estén equivocadas, el próximo domingo quedarán en primero y segundo lugar los candidatos presidenciales Juan Manuel Santos y Óscar Iván Zuluaga, quienes se disputarían la segunda vuelta en el mes de junio. 

Me asusta el crescendo del candidato del Centro Democrático, porque eso quiere decir que son numerosos los colombianos que, aparte de sentir nostalgia por los ocho años de gobierno del expresidente de la República que comanda ese grupo, se han leído esos 25.000 trinos —datos del propio AUV—, de pésima redacción y peor gusto, con que su autor ha azotado las redes sociales durante los últimos cuatro años.

No habiendo grandes rupturas entre el concepto de Estado que ha ejercido el actual mandatario y el que caracterizó a quien lo antecedió en el cargo, pues ambos son neoliberales, es forzoso responderse por qué sería menos indeseable aquel que éste, en el caso de que fuera inminente que el asunto debiera resolverse entre el uno y el otro.

Primero que todo, por la paz, aunque ese logro a veces parezca inasible, más por desgano del establecimiento que de la insurgencia.

Y segundo, por simple cuestión de urbanidad. Santos cumple los oscuros deberes de su clase en forma cortés. Maneja la hipocresía —ese requisito civilizatorio—, de manera casi convincente.

El expresidente, en cambio, considera que su mayor virtud es la franqueza, ese lado rústico de lo sincero. Piensa que su autenticidad radica en exhibir una conducta como de fonda típica, con todo y barbera, aunque se encuentre en un ámbito académico o en un foro internacional. Le resbalan los controles, las fórmulas protocolarias, las fronteras entre lo privado y lo público, y por añadidura, entre sus intereses familiares y los de la institucionalidad. El pueblo le encuentra esos rasgos muy carismáticos, razón por la cual, cuando hace el ridículo por fuera —desafiando, por ejemplo, a otro presidente a darse trompadas—, le exalta el detalle como un acto de soberanía patria. Uribe es imprescindible para el truhán que algunos colombianos llevan por dentro.

Prueba de eso, es que la trepada del Centro Democrático en las encuestas se produjo esta semana tan pronto se conocieron las denuncias sobre el favor que le hizo Óscar Iván Zuluaga, cuando fue ministro de Hacienda, a José Roberto Arango, para “salvarle” unos honorarios de un millón de dólares. Tenderle esa mano al amigo significó destituir a un funcionario que ya estaba a punto de coronar una investigación sobre Interbolsa, con lo que este asunto se aplazó para cuando ya era tarde, dejando a un gentío en la ruina. Esa alza súbita de la favorabilidad en las encuestas también se motivó en el descubrimiento de un centro de ‘chuzadas’ dirigido por el “asesor espiritual” del candidato Zuluaga, su coterráneo Luis Alfonso Hoyos, y por un aprendiz de nazi, versión local y mestiza de los jóvenes feroces del Tercer Reich. Personal de rutina si se tiene en cuenta que el entorno propio, y el de su jefe, está conformado por señoras regañonas que vociferan sus anatemas como madres superioras, por funcionarios con historial de haber arrojado al fuego bibliotecas completas, por periodistas mercenarios, por convictos de crímenes atroces, en síntesis, por lo peor de la especie humana.

De la simpleza mental del expresidente dan cuenta también su falta de dudas en cuanto emprende, su satisfacción por sentirse temido, sus gustos poéticos y su carencia de pudor ante lo repetitivo de su discurso. Tiene que ser muy especial este personaje, para que, comparado con él, Santos resulte ejemplar.

Aún así votaré el domingo por Clara López y Aída Avella, piezas imprescindibles para la segunda vuelta, quede quien quede.

Por: Lisandro Duque Naranjo
Imagen tomada de redes sociales

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martes, 13 de mayo de 2014

La cándida María del Pilar y Corpoica

La cándida María del Pilar y Corpoica desalmada

Hay personas, habitualmente periodistas, políticos y funcionarios, que cada que se habla de un proyecto que significará gastos inevitables para el Estado –por concepto de vivienda social, indemnizaciones para damnificados, deudas atrasadas con universidades públicas, reparaciones a víctimas, etc.– exclaman: “¿y eso cuánto va a costarnos?” o “¿y eso sí tiene sostenibilidad?”. Ponen un tono de prendistas, como si esas platas fueran suyas y tocara rebajarlas lo más posible.

Habitualmente otros costos no los exasperan, como si se tratara de baraturas, por ejemplo los relacionados con el número de guardaespaldas que debe pagársele a una sola familia, las jubilaciones opulentas de una élite de exburócratas con una historia laboral mínima, los equipos, municiones y combustibles que, para volverlos humo, acaparan los estamentos armados, etc. Nada de esto lo consideran derroche, sino apenas lo natural para garantizarles su “dulce far niente” a unas jerarquías ociosas.

Pero los peores entre todos son aquellos funcionarios que, a nombre de la institucionalidad, invocan todas las potencias del Establecimiento contra una sola persona, por lo regular indefensa –o eso se creen–, para castigarla por haber omitido un trámite irrelevante. Y le ponen un chuzo en la yugular al débil ciudadano para que le quede claro que el Estado es perfecto e invencible. Esa sevicia de los burócratas suele ensañarse con encono, primordialmente, en víctimas que consideran fáciles por haber dedicado su existencia a las disciplinas silenciosas de la ciencia, y no por eso, sino tal vez por eso mismo, fundan, desde sus microscopios, calidad de vida para sus contemporáneos.

La veterinaria María del Pilar Donado Godoy recibió en 2002 una beca–préstamo de Colciencias–Fullbright y Corpoica, de 226 millones de pesos, para cursar un doctorado en “Epidemiología Veterinaria y Salud Pública Animal” en la Universidad de California, Davis, en los EE.UU. Como es usual en la mayoría de doctorados, el de María del Pilar se alargó de tres años y medio a cinco, y su tesis de grado se convirtió en un referente científico elogiado en la academia internacional, y puesto en práctica por entidades de salud pública en varios países latinoamericanos, algunos de Europa y otros asiáticos. María del Pilar es, pues, una científica creativa y prestigiosa que honra el talento colombiano.

Es bueno que el lector sepa que esas becas–préstamo se le condonan automáticamente al profesional cuando regresa al país y pone sus saberes al servicio de una empresa de ciencia y tecnología. María del Pilar hizo exactamente eso, y además lleva trabajando en Corpoica desde 2006, lo que quiere decir que el alargamiento de su doctorado lo cumplió desde aquí. Por eso mismo, Colciencias le condonó la deuda, al igual que lo hizo la organización Fullbright. Colciencias aprendió hace rato que si quiere científicos calificados, debe auspiciar su formación, y que a la hora de la verdad, la plata invertida en ellos es una bicoca al compararse con los beneficios que le prestan al país.

Pero Corpoica parece ignorar eso, y está cerrada a la banda en que María del Pilar le adeuda 700 millones de pesos (hasta allá suben los montos de la cuantía original), y tiene a la profesional –y a su mamá, quien es su codeudora– literalmente apercolladas contra la pared y destruyéndoles la vida con un acoso inclemente. Asistimos a una versión contemporánea de la Cándida Eréndira y su abuela Corpoica desalmada.

La comunidad científica, tanto como los colombianos que cursan estudios de postgrado en el exterior, y quienes repudiamos estos procedimientos contra la inteligencia, nos declaramos en alerta, y solidarios, frente a este caso. Estaremos pendientes.
Por: Lisandro Duque Naranjo
Imagen, tomada de redes sociales

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sábado, 26 de abril de 2014

Francisco Posada Díaz

Cuando entré a estudiar a la Universidad Nacional, en el año 1969, Francisco Posada Díaz era un intelectual cuya producción bibliográfica suscitaba grandes debates entre la izquierda académica, que era la que mandaba la parada en la vida cultural de Bogotá.

No alcancé, infortunadamente, a ser alumno suyo, ni amigo, pero a él se refería uno, con confianza, como “Pachoposada”, pues se lo advertía muy cálido —no obstante ser el decano de Ciencias Humanas—, departiendo con la base estudiantil en esas cafeterías que humeaban con las primicias teóricas de Marx, Mariátegui, Althusser, Levy Strauss, Foucault, y pare de contar en esa pléyade de estrellas del saber cuyos libros se mimeografiaban para distribuirse y que cada vez más lectores entendieran el enredo de la sociedad.

Tenían gran demanda también, entre la muchachada universitaria, los textos de Darío Mesa, Estanislao Zuleta, Mario Arrubla y Nicolás Buenaventura. De Pacho Posada brillaban sus ensayos sobre el Movimiento Comunero, sobre el Arte en Colombia y sobre la Violencia, temas a los que les fundó ángulos inéditos y por lo tanto imprescindibles de consultarse hoy en día. Igualmente era prolífico en reflexiones sobre sicoanálisis y existencialismo, que desgranó en artículos para revistas especializadas, incluyendo la dirigida por él mismo: Tierra Firme.

Pacho Posada se murió a los 36 años, en el 71, de un cáncer fulminante. No se usaba mucho la muerte natural en ese tiempo —igual que ahora—, de modo que la suya estuvo exenta de ese componente épico que suele volcar a los lectores a la revisión póstuma de la obra del desaparecido.

María Cristina Posada, para celebrarle a Pacho los 80 años que hubiera cumplido en este 2014 —de los que dejó los últimos 44 sin vivir—, lleva un mundo de meses deshaciendo los pasos de su hermano, rescatando los originales de cuanto escribió, visitando los lugares por donde trasegó, consultando con quienes fueron sus alumnos y colegas, y luego de ese recorrido ha logrado eso que ahora se llama “resignificar” la obra de este intelectual precoz, sin la cual se nos quedaría incompleta la comprensión de la sensibilidad del siglo XX.

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La bolsa de Carulla o la vida

Esta semana, cuatro atracadores se tomaron el Carulla de Pablo VI, y salieron del lugar con el realizo del establecimiento y la plata de varios clientes, casi en las narices del CAI del mismo barrio, que queda a media cuadra, y cuyos uniformados llegaron a la escena del delito media hora después.

Confieso que de haber formado parte de los asaltados, esa tardanza de la autoridad me hubiera causado alivio. Primero, porque hoy en día es poco lo que suele llevar la gente como plata de bolsillo, pues ese tipo de compras se hacen con tarjeta, y segundo, porque me asusta la eventualidad de que uniformados “eficientes y oportunos” propicien un tiroteo del que salga uno, en el mejor de los casos, herido, a manera de víctima colateral de una “hazaña” en la que la policía sale heroizada en el altar de la seguridad. A mí que me envuelvan esos desenlaces.

La pregunta que me hago, sin embargo, no es simplemente por qué los policías llegan tan tarde, sino por qué los asaltantes, sabiendo que la autoridad está ahí pegada, no se inhiben de proceder con tanta holgura.

Pero hay que entender que otras actividades, las de orden estético, le impiden a la fuerza pública estar más atenta a la prevención, como lo demuestran sus brigadas por embellecer, con un gris optimista, los muros urbanos, preferiblemente encima de los grafitis que hacen esos muchachos rarísimos que le comen cuento a la vida y a la memoria, dos vainas prohibidas. También está muy ocupada la policía acompañando, e incluso cargándoles los tarros de pintura, a los cabezas rapadas que promueven un Tercer Reich en Bogotá, una cosa cosmopolita, con águilas bravas y svásticas de caché, muy de moda.

Por: Lisandro Duque Naranjo
Imagen, tomada de redes sociales

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domingo, 13 de abril de 2014

Mentalidad carcelaria

Hace dos semanas el presidente Obama les pidió a varios países, entre ellos Colombia, que acogieran, “en calidad de refugiados y para que emprendieran una nueva vida”, a grupos pequeños de presos de Guantánamo que deben ser liberados por no existir pruebas contra ellos, no obstante haber sido capturados hace 13 años. Los prisioneros son 150 —al comienzo fueron 900—, y se encuentran allí desde el episodio de las Torres Gemelas, cuando Bush los cazó indiscriminadamente en distintos países, los torturó y finalmente los dejó botados como desechos en esa prisión.

El presidente Mujica de Uruguay fue el primer presidente en dar respuesta al pedido, y de inmediato envió a Guantánamo una comisión que, luego de dialogar con distintos cautivos, escogió a seis de ellos a los que les ofreció el refugio uruguayo para que se instalaran allí y diseñaran su futura existencia con sus familias.

La actitud del gobierno colombiano frente al asunto, en cambio, ha sido desganada. A nuestra canciller no le causa prisa la circunstancia infeliz de esos presos. Consultado Juan Lozano sobre el tema, dijo que “en nuestras cárceles ya hay demasiado hacinamiento como para meterles más presos”. Este señor no se ha dado cuenta todavía que el pedido de Obama —bastante tardío, por lo demás— es para que esos ciudadanos lleguen aquí a disfrutar de la libertad, pues en Estados Unidos no les permiten vivir y además a ellos les debe dar pánico instalarse allá. En algunos foros virtuales de por estos lados, más de uno, que se siente muy gringo, dijo que “a esa plaga islámica” no teníamos por qué recibirla en Colombia, como si este país fuera un premio. En cuanto a la candidata Marta Lucía Ramírez, recomendó no aceptar a nadie que venga de esa prisión pues “podría resultar siendo de Al Qaeda”. Cuando ni la justicia estadounidense pudo, después de 13 años, demostrar esa sospecha, nuestra doctora la atraviesa de nuevo para impedir darles abrigo a esos inocentes. Esa es la caridad católica, que ni en plena Cuaresma se conmueve con esa comunidad perseguida. De modo que de nada se pierden, señores, no arrancando para acá. Búsquense más bien una patria decente.

Hay un automatismo punitivo que se expresa sin pudor y se siente muy a sus anchas en los medios. A un pésimo exministro, pero tal vez peor ciudadano, Juan Gabriel Uribe, se le hacía agua la boca esta semana diciendo, a través de Hora 20, que al muchacho que le arrojó ácido en la cara a la joven Natalia Ponce de León, “debería aplicársele la ley del talión”. Ninguno de los panelistas le brincó y la directora mucho menos, como si el requisito del programa fuera no pensar mucho. Luego pasaban a otro tema, por ejemplo el de las negociaciones en La Habana, y mientras alguien decía que “las Farc tal por cual”, el señor Uribe reaparecía con su cantinela: “a ese tipo hay que regarle ácido en la cara”. Y así, hasta el final. No lo hace mal como perturbado este exministro. O dejémoslo en inculto a secas.

Al día siguiente, en Blu Radio, el abogado Abelardo de la Espriella, la conciencia jurídica de la farándula, refiriéndose al mismo acusado, decía: “esa bestia”. Y entre más hablaba, más adjetivos se le ocurrían: “esa porquería”, “ese monstruo”, etc. Concluida la entrevista, Héctor Riveros comentó que ese lenguaje no le parecía adecuado, y Felipe Zuleta le saltó a la yugular reclamándole como un hooligan: “¿y entonces cómo se le dice?: ¿señor?, ¿caballero...?”. Hombre, tampoco. Basta con decirle “el agresor”, o “el sindicado”, y ya. Es lo que espera uno como radioyente, pues se supone que frente a un micrófono debe haber gente calificada, con análisis juiciosos. Porque de lo contrario es preferible ponerse a ver Laura en América.

Por, Lisandro Duque Naranjo
Imagen, tomada de Google.

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domingo, 9 de marzo de 2014

El otro Vargasvil

Qué frescura: el presidente Santos nombró como su candidato a la Vicepresidencia al doctor Germán Vargas, y éste ni siquiera tuvo que aclarar o corregir nada en torno a su habitual desacuerdo frente a las conversaciones de paz de La Habana.
Rara esa pareja política tirando para lados tan opuestos en un tema en el que, supuestamente, el mandatario tiene puestas todas sus complacencias. Como si a este último no le preocupara manejar eso a la guachapanda y enfrentar dentro de muy poco al jefe de Cambio Radical, ya en Palacio, atrincherado en sus posiciones rabiosas. Póngale la firma.

El otro hipotético vicepresidente iba a ser el general Naranjo, quien a la final salió para pintura. “El mejor policía del mundo 2010” tuvo un año muy intenso haciendo, como miembro free lance de la comitiva del Gobierno en las conversaciones de La Habana, escalas en esa ciudad para que le contaran cómo iba todo, y ya cuando empezaban a ponerlo al día, arrancando hacia ciudad de México a fundar (es lo que dicen allá) grupos paramilitares, chanfaina a la que Peña Nieto, presionado por la opinión, le dijo “no más”. Demasiado trajín, al que le revolvió el lobby en Bogotá para tratar en vano de ser vicepresidente. Acaparador el hombre. Pero como decía el poeta Alberto Ángel Montoya: “¿y qué queda tras el sensual alarde?: solo una flor marchita en la seda del traje”. Ahora el general debe estar sumando las millas acumuladas por tantas gestiones simultáneas, y obviamente zapoteadas, para viajar sin misión alguna. Si es que el presidente, para indemnizarlo por el desaire, no lo tiene sentado por ahí, para ofrecerle la candidatura a la Alcaldía de Bogotá, que se ha vuelto el premio de consolación para los desahuciados de otras toldas. Es bien obscena la manera como rifan a Bogotá quienes albergan la ilusión de sacar a Petro.

Sigamos con Vargas. El hombre llegó a su candidatura vicepresidencial, literalmente, con patada de antioqueño. Del antioqueño aquel que sabemos, aunque se las den de enemigos. No solo que Juan Manuel Santos no le exigió decir, aunque fuera por disimular, algo cariñoso sobre el proceso de paz, sino que a los tres días el recién llegado lo convenció de meterla toda contra Petro. El presidente, tan aparentemente cuidadoso de las formas, se descachó en materia grave al plegarse a esa orientación, pues él está obligado a guardar neutralidad frente a un caso al que le quedan aún varias instancias por pronunciarse.

Qué impaciencia la de Vargas, utilizando tan rápido su candidatura a vicepresidente para recuperar, cuanto antes, los beneficios parciales que les mermó Petro a los contratistas chulos a efecto de garantizar una presencia mayoritaria de lo público en el sector de los servicios.

Porque Vargas es un amigo del alma, y en gran medida agente, de esa patota familiar de apellido Ríos que ha azotado el erario no solo bogotano sino en donde su olfato le diga que hay basura. Y que complotó en diciembre de 2012, escondiendo los camiones recolectores, para hundir a la ciudad en los desperdicios y por ahí derecho intentar tumbar a su alcalde, mandado que más tarde intentaría cumplirle un procurador alucinado.

El candidato a vicepresidente oyó decir, cuando era chiquito, que se parecía mucho a su abuelo, Carlos Lleras, por lo malgeniado. Y se dedicó desde entonces a hacer mala cara y a ser gruñón, para volverse presidente. La cosa le funcionó y ahí tenemos al señorito. Qué vaina con este país tan masoquista, al que le gusta que lo manden personas cuya única virtud es ser gritonas.

Elecciones de hoy. Acepten la simpatía de este humilde mamerto, y ojalá no los perjudique, los siguientes candidatos de distintos partidos: Iván Cepeda, Jaime Caycedo, Carlos Lozano, Ángela María Robledo, Juan Luis Castro Córdoba, Angélica Lozano y Lilia Solano.

Por: Lisandro Duque Naranjo

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domingo, 23 de febrero de 2014

Militares chuzados

No causa ninguna sorpresa el hecho de que la esposa de Róbinson González Del Río —un coronel preso hace dos años por falsos positivos—, le diga a su marido que tiene que ponerse las pilas para no perder un contrato de morrales para el ejército, y le cuente que un oficial amigo, a quien parece irle muy bien con las palancas, ya tiene varios carros de lujo.

Menos de extrañar es que de ese coronel “preso”, que se pasea por centros comerciales acompañado de escoltas y sale de vacaciones a Cartagena,  sea tío un general, también a la sombra —aunque no tras las  rejas—, por crímenes de lesa humanidad, de nombre Rito Alejo. Ni que tan aventajado sobrino,  luego no solo de las acciones horrendas por las que fue juzgado, y de haber sido pillado en flagrancia hace tres meses, conversando con un magistrado venal  que le ayudaba a gestionar su absolución a cambio de cuantiosas dádivas en plata,  apenas ahora sea “llamado a calificar servicios” por el actual ministro de Defensa, hijo a su vez de un general ya retirado.   No es el único caso de esposas, hijos y sobrinos  aprovechados: dicen que el coronel Alfonso Plazas Vega, convicto   por una sola desaparición —raro, cuando hubo tantas—, durante la retoma del Palacio de Justicia,  en la que él jura todavía que salvó a la democracia,  tuvo por tío al general Miguel Vega Uribe, el mismo que siendo ministro de Defensa conminó, hace 29 años,  al presidente Belisario Betancur,  para  que se quedara quieto y callado mientras él resolvía a su modo la toma de ese palacio por el  M–19. “Su modo” provocó un holocausto que rayó a perpetuidad, o al menos hasta el momento, la memoria de muchos colombianos.

Esas son apenas evidencias parciales de cómo se   heredan e irrigan entre familiares algunos de los privilegios del  presupuesto insaciable de 27 billones de pesos con que cuenta el ministerio de Defensa, muchos de cuyos rubros se ejecutan sin auditoría bajo la figura de “fondos reservados”.

Por supuesto esa endogamia no es el peor problema de nuestras fuerzas armadas, pues   ni siquiera es representativa en una institución en la que la parentela no es la única que se disputa favores: un exdirector americano de la DEA en Colombia, el señor Leo Arreguin, hace también  transacciones muy jugosas con el ejército para proveerlo de equipos.  Ahí quedó en su plata ese americano bueno combatiente contra el vicio. Hay que sospechar de gente tan virtuosa.   Arreguin, obviamente, debe ser apenas la cabeza de turco de una mano de contratistas rapaces, de aquí y de afuera,  que engordan su caudal con las utilidades de la guerra y les pasan su tajada a socios en los batallones.

Nuestras fuerzas armadas se crecieron numéricamente —tiene los mismos efectivos que el  Brasil, un país cinco veces mayor en población y seis en  territorio—,   mientras que el modelo de conducta que imparte a sus hombres —oficiales, suboficiales y soldados—, sigue siendo el mismo de cuando la guerra fría, idéntico al de la escuela de Las Américas, y por supuesto fiel a  la doctrina sucia del Bush de las torres gemelas.

“Heroísmo” y “Patria”, así,  con mayúsculas, constituyen la retórica de nuestros oficiales para los actos públicos y los micrófonos, pero fue importante haber escuchado esas grabaciones que divulgó Semana para no olvidarse de lo mal hablados y déspotas que son muchos de ellos en los cuarteles o en privado.

Ojalá el escándalo de esta semana le haya servido al presidente para convencerse, por fin, de la existencia de las tales fuerzas oscuras sobre las que lo hicieron rectificar en la encerrona de hace ocho días. 

Por: Lisandro Duque Naranjo
Ilustración: Google.com

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